especial RELATOS

¡Extra, extra, ni rastro de su colita!

Desaparece varias horas un león del congreso de los diputados

Jhony Laboro oficial de la policía madrileña afirmó en declaraciones a Tele Thabi que se le había visto muy compungido ante las colas por la muerte de Suarez.


Entrevistado su compañero en las escaleras del congreso el León Troski, afirmo que se había ido a estirar las piernas, y que no era la primera vez que hacía cosas extrañas ya que años atrás, apareció con la melena rapada tras el ascenso de la Cultural Leonesa, y aparecieron fotos en Facebook en actitud sensual junto al oso bajo el madroño de la puerta del sol.

Finalmente todo quedó en una breve escapada, ya que como afirmó a su regreso: “ aaa chigueña conisiviiii sivava”, bueno que no había podido resistir a la tentación de ir a ver el musical del Rey León.

El puré y la mente

Javi tiene 8 años y odia el puré de verduras. Lo odia tanto que cuando oye la
palabra “puré”, le entran arcadas. Su cerebro parece rendirse ante el puré de
verduras y comienza a reproducir su color verdoso con pequeñas manchas
oscuras. Su espesa liquidez, que no mejora cuando su mente saborea esos
grumos que de vez en cuando emergen desde lo más profundo del potaje sin
previo aviso. Parecen trozos de algas secas. Su olor, su cerebro lo recuerda a la
perfección, olor a derrota, olor a sudor, tedio, olor a verduras calientes que se
agolpan exprimidas en un plato maldito, que no tiene culpa ninguna. Y por último
está su sabor… tan malo, que parece picar. Un picor propio de una comida
estropeada.
Su madre, (la de Javi, pues la madre del puré de verduras se mantiene oculta a
la humanidad en sabe Dios qué rincón del mundo), le ha preparado puré de
verduras: “Las verduras son buenas Javi”.
Comienza una nueva batalla. Tres bandos: Javi, el puré de verduras y la madre
de Javi. Al comienzo de la batalla el puré y Madre están aliados contra Javi y él
sabe que tiene que equilibrar la balanza ganándose los favores de la matriarca.
No es ésta la primera batalla de la “Guerra del Puré de Verduras”, ya no valen
los ataques sencillos y rápidos de “Jo, no quiero”, los ataques de “Jo, no me
gusta”, los ataques de “Jo, jo, jo”. Madre ya sabe cómo contrarrestar esas
pamplinas.
Esta vez Javi comienza duro: directo al puré, nada de intermediarios.
Lo mira fijamente, el puré se queda inmóvil, su mejor ataque es existir y tiene a
Madre de su lado. La mano derecha a la cuchara, la izquierda a la nariz. Sí,
ánimo, la cuchara se hunde en el puré y se impregna de ese color verde, ella
siempre es la primera en sacrificarse en esta Guerra. Gotea. La cuchara gotea,
pero sigue estando llena. Ese maldito puré parece inagotable, si dejara la
cuchara goteando durante horas y horas, seguro que seguiría estando llena.
¡Vamos! Primera cucharada…
Diooos, Javi ha evitado su olor, pero no su textura por toda la boca, no su sabor
en la lengua. Sin embargo, Madre ni se inmuta pese a ver la cara de asco más
impactante que haya visto en su vida, una cara de sufrimiento y horror, una
expresión de rechazo a la realidad, una cara de pesadilla. Madre sonríe
irónicamente y manda un claro mensaje de hostilidad: “Ya te queda una menos,
¡enhorabuena Javi!”
Segunda cucharada. El mecanismo es el mismo, es el que menos hace sufrir,
cuchara a la derecha, dejar que gotee un poco, nariz tapada. Nunca se debe
llenar poco la cuchara o comer menos de lo que hay en ella, Madre se enfurecía
cuando Javi hacía esto y le dejaba sin postre, un castigo demasiado duro incluso
en tiempos de guerra. La cuchara se acerca a la boca, es un suicidio: obligado a
llevarse a la boca un veneno como aquel, ¡qué impotencia! Y él mira hacia arriba
y resignado grita: “¡Tú también, madre, tú también en mi contra!”
Esta vez la táctica para pasar el puré hasta el estómago es diferente.
Directamente a la garganta, sin tocar lengua ni paladar. Es una técnica que
aprendió hace poco en otra batalla librada en casa de la abuela. Allí tanto él
como su primo Guillermo cayeron derrotados, pero con dignidad, lucharon
cuerpo a cuerpo, usando solamente la técnica “Directamente a la garganta”.
Pero en esta ocasión Javi no contaba con las indicaciones de su primo
Gullermo, versado en toda clase de guerras familiares y con 3 años más de
experiencia total.
La cuchara entra en la boca, que apesta a puré de verduras, apenas rozando
algún diente. El movimiento definitivo debe ser rápido y certero, el mínimo fallo
significa un calamitoso derrame del potaje, un derrame inesperado, agresivo y
violento. En ocasiones es peor el remedio que la enfermedad. Esta es una de
ellas… Oker, el perro de la familia, pasa por la cocina, distrayendo a Javi, que
pierde la concentración y tuerce sin querer la cuchara. En un desesperado
intento de mantenerla recta, la gira hacia el otro lado, pero de manera
precipitada, cegado por el miedo a sentir una sola gota de puré en su boca,
cegado por el miedo a la derrota.
Desastre. Desastre total, el resultado ha sido peor de lo que se esperaba. El
puré ha empapado su boca y al intentar evitarlo, Javi ha sido alcanzado también
en la barbilla. La barbilla le chorrea, es una masacre. Hay puré por todas partes,
en su boca, en su cara, en el mantel, en el pan, en el suelo… en el plato. Hay
puré en el plato.
La reacción de Madre esta vez es más acusada. Irrumpe en el campo de batalla
para sacudir su hombro y recriminarle su actitud. “En cuanto acabes el puré,
porque te lo vas a acabar, vas a limpiar todo esto”.
Pero después de un mal trago tan grande, después de sentir náuseas por
primera vez, es cuando se vislumbra la luz. Oker, la comida de Oker está a un
brazo de distancia de la silla donde Javi está sentado. Madre está ocupada
yendo y viniendo de la cocina a la habitación, donde está organizando su maleta
para las vacaciones. Tiene que aprovechar una de esas distracciones para
poder echar al menos una cucharada al cuenco de Oker. Una vez más, cuchara
en la derecha, nariz tapada, Madre se va a la habitación, es el momento. Un
rápido giro de cintura hacia la izquierda y el brazo de la cuchara acompañando
el movimiento. Y ya solo falta echar el puré al cuenco… “¡Ni se te ocurra hacer
alguna guarrada con el puré, Javier, que te conozco!” ¿Pero qué es esto? Un
puré invencible y una madre omnisciente, eso es lo que es. ¿Pero cómo es
posible que las madres sepan esas cosas?, ¿cómo es posible que lo sepan todo
en el momento justo? Cambio de planes. El espacio que el puré iba llenando en
su tripa y en su mente, lo iban desalojando las ideas. Ya no sabía qué hacer,
pero se negaba a torturarse a sí mismo, el puré sabe a maldad y peor será si
tarda en comerlo.
Una cucharada más. Procedimiento estándar. Sufrimiento sobresaliente. ¡A
quién se le ocurriría coger todas las cosas verdes que nacen de la tierra y
estrujarlas hasta hacerlas puré, para luego ingerirlas!
Mientras, Madre se había parado en la cocina, sentada al lado de Javi, estaba
leyendo un libro. Se titulaba “La Odisea” y era tan gordo que parecía imposible
contar tantas cosas interesantes en un mismo tomo. A Javi le asustó la portada,
en ella podía verse una ciudad en llamas, una ciudad en guerra, sin escapatoria,
llena a rebosar de puré de verduras. Un gran desafío.
Otra cucharada. La vida es dura. Una vista hacia abajo, aquel océano verde
parece haber menguado un poco, después de todo hay esperanza. Esperanza
que trae consigo lucidez, los momentos de crisis son los que nos ponen a
prueba, la creatividad fluye y la esperanza la hace más fuerte.
¡Claro! Su debilidad, la de Javi, es su mente. Debe usar el cerebro para lograr el
efecto contrario al que se somete cuando escucha la palabra puré. Solo tiene
que convencer a su cerebro de que el puré de verduras sabe a macarrones con
tomate, su plato preferido. Pasta Javi, piensa en pasta, en su punto, suave, fina,
se deshace en la boca. Tomate Javi, piensa en salsa de tomate, tomate frito,
rojo vivo, natural, casero, con esas pepitas pequeñitas, ese cuerpo que
paradójicamente, tiene una textura parecida a la del puré. Nada que ver respecto
al sabor y olor, nada que ver las inundaciones de puré en su boca, con aquella
danza magnífica de la pasta y el tomate, una danza entre una pareja
perfectamente acomodada.
A por él. Cucharada, nariz tapada, cerebro encendido, modo “pasta con tomate”
seleccionado. Concentración, recuerdo, sabor del tomate, sabor de la pasta y
cucharada para adentro. Puré. Puré. Y puré. Oscuridad, agobio y de nuevo
derrota. La realidad ha superado al poder mental de Javi. Ni un ápice de tomate,
ni un gramo de pasta, el archivo “pasta con tomate” ha sido sobrescrito por el de
“puré de verduras”. Los designios de Javi apuntan ya a comer y comer, todo
seguido. Sin sentido, olvidarlo todo, solo comer, solo comer y llorar.
Una cucharada más mi camarada, por Guillermo. Una cucharada más mi amigo,
por nosotros. Una cucharada más mi príncipe, por ti. Vamos coge la cuchara
y…
Y déjala de nuevo en la mesa. ¡Fíjate, no hay más puré de verduras! No hay
más puré. Solo hay calma. Sin proponérselo, solo haciéndolo, solo comiendo,
nada de tácticas, nada de técnicas, solo comer. Enhorabuena Javier. Eso es,
incluso el sabor, el olor de las últimas cucharadas, no ha sido tan malo. ¿Será
acostumbrarse? ¿Será que no está tan malo como le dice su cerebro? ¿Contará
“La Odisea” cosas interesantes después de todo?

LA OTRA CARA DE LA MISMA MONEDA.
El barrio pesquero de Almansa es uno de los más antiguos, arraigados y pintorescos de la
ciudad costera de Portoalegre. Sus calles, estrechas y empinadas desembocan en el puerto, sus
coloridas casas tienen grandes ventanas y en los bajos de éstas se pueden encontrar pequeñas
tiendas y bares de todo tipo y condición.
Debido a la pendiente de la ladera en la que está situado, todas las casas tienen al menos una
ventana con vistas al puerto. Antiguamente, cuando llegaba la temporada de caza de ballenas
los hombres del barrio se embarcaban rumbo a las frías y lejanas aguas de Terracota. Por estas
ventanas podían divisar las almanseñas y los almanseños que se quedaban en tierra la llegada
del padre, marido, hermano, hijo o amante, que, con mil aventuras a sus espaldas y el petate
lleno, regresaba de su largo viaje. A no ser que la furia del mar, el hambre, o la enfermedad
alcanzaran la embarcación. El mismo mar que a veces traía al barrio la fortuna podía traer
también la desgracia; como suelen decir los almanseños “son las dos caras de la misma
moneda”.
Los colores de las casas, todos llamativos y diferentes, no son ningún capricho. Cuando
después de meses de travesía los marineros avistaban el puerto se acercaban corriendo a la
proa ansiosos por ser el primero en distinguir su casa entre toda la maraña ventanas,
ventanucos, balcones y tejados. Los llamativos colores ayudaban a los marineros a reconocer
su hogar a una mayor distancia.
Pero no es el sinuoso trazado de sus calles ni la alegre arquitectura de sus casas lo más
característico de este barrio. Hoy en día, a pesar de que el modo de vida de sus habitantes ha
cambiado queda en el ambiente del barrio la esencia de épocas anteriores. Hay algo que
todavía evoca los grandes viajes, sus mitos y leyendas, así como el vacío y la angustia de los
que se quedaban esperando. Sus habitantes, bulliciosos, apasionados, callejeros y con cierto
aire melancólico, son lo más pintoresco que este lugar de Portoalegre puede ofrecer.
*******
En lo más alto del barrio de Almansa, en el número 21 la calle de la Saudade, en una casa de
color azul verdoso vivía con su padre la pequeña Saida. La bonita casa azulada, con una
taberna como negocio familiar en la planta baja, lindaba a la izquierda con una de color violeta
y a la derecha con una de color anaranjado en cuyos bajos se encuentran una pequeña frutería
y un ultramarinos respectivamente.
Todas las mañanas el padre despertaba a Saida con un pequeño beso en la mejilla. Mientras
Saida se vestía preparaba el desayuno al mismo tiempo que iba abriendo el bar. Saida
desayunaba adormilada tostadas untadas en leche, su padre bebía a sorbos café solo a la vez
que ojeaba la sección local de periódico.
Cuando terminaba de desayunar Saida se lavaba los dientes, recogía el desayuno y se despedía
de su padre con un beso. – “Que tengas un buen día pequeña”- le decía éste.
Junto con el resto de niñas y niños del barrio recorría las estrechas y adoquinadas calles hasta
llegar a la escuela.
El padre de Saida pasaba el día en la pequeña taberna. A primera hora servía algunos
desayunos mientras terminaba de fregar y ordenar todos los cacharros del día anterior. Luego
llegaban los proveedores con los que, tras reponer la despensa y arreglar las cuentas, charlaba
un rato animadamente.
Al medio día empezaban a llegar los vecinos que cerraban sus comercios a la hora de comer.
Había quien pedía un vino o refresco previo a la comida y quien ya había comido y pasaba a
tomar el café antes de volver al trabajo. Poco a poco iban llegando los parados, jubilados y
marineros retirados que se enfrascaban en interminables partidas de cartas.
Cuando los juegos de cartas estaban llegando a su fin Saida volvía del colegio. Solía sentarse en
una mesa que está al fondo, cerca del almacén a merendar y a hacer los deberes. Si el bar
estaba tranquilo su padre se sentaba con ella y hablaban sobre cómo les había ido el día. A
veces Saida tenía que ayudar a su papá con los clientes.
Cuando había terminado salía a la calle a jugar. Su mejor amiga se llamaba Noelia y vivía en la
casa violeta de al lado de la de Saida. Lo que más les gustaba hacer a estas niñas era coger
crías de gatos callejeros y vestirlas con ropa de sus muñecos; aunque también salían con el
resto de la pandilla a jugar a la pelota, intercambiar catetos o a hacer expediciones en alguna
casa vieja que estuviera abandonada.
A la hora de la cena Saida volvía al bar y ya con la persiana cerrada cenaba tranquilamente con
su padre.
*******
El clima templado que el mar aporta a Almansa así como la atmósfera atemporal que se
respira en sus calles, hacen de este lugar un destino de lo más atractivo para urbanitas
agobiados en busca de autenticidad, jóvenes aventureros, nórdicos sedientos de sol y
exotismo o matrimonios huyendo de la rutina. Esto debió pensar el Concejal de Cultura y
Turismo del Ayuntamiento cuando presentó su plan estratégico gracias al cual Portoalegre y el
pequeño barrio de Almansa serían reconocidos por su belleza a nivel mundial. Este plan incluía
una pequeña inversión inicial en limpieza y acicalamiento de sus calles que hiciera atractiva la
inversión extranjera y la modernización de sus locales y comercios. Los beneficios podrían ser
inimaginables para aquellos hombres y mujeres que tan duramente se habían tenido que
ganar la vida a lo largo de la historia. La modernización del barrio se llevaría a cabo en la zona
baja del mismo, más atractiva para el turismo por su cercanía al mar.
En poco tiempo el cambio se hizo notable y los habitantes del barrio comprobaron cómo las
palabras del visionario concejal se convertían en hechos.
El padre de Saida desde lo alto de la calle observaba, mientras fumaba un cigarro en las
puertas de la taberna vacía, las terrazas de la parte baja repletas de sombrillas, camareros
acelerados con bandejas llenas y despreocupados turistas sonrientes. De vez en cuando algún
turista despistado entraba en su taberna con la cámara de fotos al cuello y ataviado de una
indumentaria estrafalaria. Pedían cosas raras como “
mojitos”, o “snaks” y a la hora de pagar le
pedían que se sacara una foto con ellos. Estas costumbres le irritaban.
Una tarde Saida descubrió asombrada cómo la tienda de chucherías del barrio había
desaparecido, en su lugar había una tienda en la que se vendían infinidad de cosas inservibles y
que se llamaba “
Souvernirs”. Esa misma tarde, entro en el bar un viejo amigo de su padre,
Saida le conocía de vista, era un hombre de mediana edad que tenía una pequeña taberna en
la zona del puerto. Quitándose el sombrero el hombre exclamó c “¡Qué alegría observar cómo
se conserva este lugar con lo que ha cambiado todo!”.
 ¿¡Que quieres?!- Saida notó que a su padre no se sentía cómodo con la inesperada
visita.
 ¿Estas son maneras de saludar a un viejo amigo? ¡Pero dame un abrazo hombre!
Respondió el hombre entre burlón y divertido.
El padre de Saida, contestó con tono frío -Hace mucho que no se te veía el pelo,
pensaba que a los “sureños” ya no os interesaba lo que ocurría por estos sucios y
viejos lugares.
 ¡Calla, calla! ¡ No digas tonterías! Si no he venido antes ha sido porque hemos estado
ahogados de trabajo.
 El que a mí me gustaría…- Susurró el padre de Saida.
 No sabes lo que estás diciendo amigo, – espetó el hombre ya con un tono mucho más
serio, -créeme, ahí abajo las cosas no son como parecen- el hombre hizo un gesto
señalando la zona baja del barrio. – con toda sinceridad te digo que llevo anhelando
meses venir aquí, a un bar de toda la vida, a tomarme un vino.
 Si has venido a restregarme lo bien que te va todo y lo limpio, moderno y abarrotado
que está tu local, puedes ahorrártelo, lo veo todos los días. – Saida se asustó, nunca
había visto a su padre adoptar ese tono con ningún cliente, y menos con un hombre al
que conocía de toda la vida. -¿Qué vas a tomar?- No tengo ni mojitos ni cócteles con
sombrillitas…- Añadió irónico.
 ¡Relájate amigo! No he venido aquí para eso. Ponme un vino, anda. – Continuó
intentando calmar a su amigo. – Es cierto que la llegada del turismo hizo que en un
primer momento viviéramos como en un sueño, ganamos mucho dinero y empezamos
a vestirnos y peinarnos como ellos, a comprar un montón de cachivaches que nos
hacían la vida mucho más fácil, pensábamos que la fortuna por fin nos daba la cara…
 Ya, ya… Aquí tienes tu vino. – Le interrumpió el camarero acercándole el vaso de vino.
 Pero ahora todo ha cambiado, el boom del turismo nos está mostrando su otra cara. El
bar ya no es mío, pago un alquiler a un tipo que vive a más de mil kilómetros de
distancia y que quiere convertir mi antigua taberna en una copia de otras cincuenta
repartidas por todo el mundo, Buenos Aires, Nueva York, Amsterdam, hasta en las
Bahamas hay una cafetería como la mía, bueno en la que yo trabajo, – Corrigió, y
añadió.- ¿tú sabes donde estan las Bahamas?-
El padre de Saida escuchaba atentamente, su semblante frio y distante había desaparecido, se
sentía mal por su amigo, no sabía que decir. El hombre le contó cómo todos los vecinos de la
parte baja de Almansa se encontraban en situaciones similares. Las inversiones extranjeras
habían llegado, tal y como el concejal predijo, pero estas no traían consigo el desahogo
prometido, o por lo menos no para ellos.
Habían tenido que cambiar de proveedores debido a que los de toda la vida no vendían los
productos que los turistas pedían. Los nuevos proveedores manejaban unos plazos mucho
menos flexibles y los precios de los productos eran desorbitados, apenas les quedaba margen
de beneficio.
Por si fuera poco, los impuestos municipales eran mucho más caros que en el resto de la
ciudad ya que, según decían, había que recuperar el dinero invertido en el nuevo adoquinado,
las luminosas farolas, la esterilización de gatos callejeros y todas aquellas mejoras que hacían
que la zona baja de Almansa fuera hoy una de las mejores de la ciudad.
Las deudas que les ahogaban habían llevado a los vecinos a vender sus casas. La mayoría
habían sido compradas por extranjeros que les dejaban seguir utilizando las zonas comunes y
alguna de las habitaciones. También podían seguir explotando su negocio; todo ello a cambio
de un alquiler que había ido incrementando progresivamente hasta ahogarles. El aumento de
precio era inevitable debido a la creciente demanda, según les explicaban. El resto de las
habitaciones de la casa eran alquiladas a turistas.
Los inversores extranjeros imponían qué debía venderse en los locales de la planta baja y cómo
debía servirse, qué música poner y cuál era la decoración apropiada. Según comentaban,
Almansa debían conservar su auténtica esencia, al mismo tiempo que proporcionaba al turista
tranquilidad y seguridad. Éstos querían descubrir cosas nuevas sin dejar de sentirse como en
casa.
Pero los problemas de dinero no eran lo que más preocupaba a los vecinos del puerto, los
Almanseños estaban acostumbrados a las épocas de vacas flacas. La vida en el barrio había
cambiado, los horarios de trabajo se habían alargado, las terrazas para turistas no dejaban
espacio para los antiguos corrillos improvisados de sillas de playa que se formaban en las
puertas de las casas y se ponían nerviosos si sus hijos se quedaban jugando hasta tarde debido
a la gran cantidad de turistas ebrios que había por las calles.
La conversación, que se alargó durante horas, dejó al padre de Saida pensativo durante varios
días. Aunque Saida no comprendía bien de qué se trataba ,sabía que el aire taciturno de su
padre tenía el mismo origen que lo ocurrido en la tienda de “
Souvenir” la pasada tarde y que
había dejado a toda su pandilla sin catetos y sin dosis extra de azúcar.
Los vecinos de Almansa empezaron a frecuentar la parte alta del barrio cuando sus jornadas
laborales se lo permitían. Allí podían, aunque fuera por unas horas y en un lugar reducido,
llevar la vida de barrio que desde siempre habían conocido.
Ramón, que así se llamaba el hombre de mediana edad que tenía una pequeña taberna en la
zona del puerto y que había ido aquella tarde a la taberna del papá de Saida, adoptó la
costumbre de ir a la zona alta al menos una vez a la semana. Le siguieron gran cantidad de
vecinos que, o bien solos o acompañados de sus familiares disfrutaban de sus ratos libres
callejeando por la calle de la Saudade y sus colindantes.
Allí formaban grupitos en las esquinas en los que medio en broma medio en serio charlaban
sobre su día a día, sobre cómo era la vida antes de la llegada de los turistas o comentaban
chismorreos y noticias de actualidad.
Si la tarde se alargaba podían escucharse melodías marineras que pequeños grupos cantaban a
coro con mejor o peor entonación pero siempre con mucho sentimiento.
Poco a poco el padre de Saida recuperó el ánimo e incluso podría decirse que en ocasiones
gozaba de un humor excelente. Debido al incremento de vecinos que frecuentaban la parte
alta de la calle de la Saudade y se dejaban caer por la taberna, podría suponerse que la causa
de este buen humor era que ahora la suerte sonreía, la moneda había girado y era la cara de la
fortuna la que ahora se mostraba. Al final del día, cuando el papa de Saida cerraba la persiana
y revisaba la caja podía comprobarse que el dicho más acertado para explicar su buen humor
era el que dice que mal de muchos consuelo de tontos, y es que los vecinos de Almansa no
tenían muchos cuartos que gastar.
*******
Era el último día del curso y Saida lo había pasado en el gran parque de Serralves, un pulmón
urbano con frondosos árboles, verdes campas y un chiringuito de helados, al que la escuela
organizaba una excursión para despedir el año escolar. Este bonito parque se encontraba en el
otro lado de las cuidad y para llegar a él habían tenido que coger la Línea 8 del autobús urbano
que recorría de punta a punta los diferentes barrios de Portalegre hasta llegar al parque.
Agotada de tantos juegos y carreras, de regreso a casa Saida iba mirando por la ventanilla
mientras jugaba con la moneda de 5 céntimos que le había devuelto el conductor al comprar el
billete. Parada en un semáforo le llamó la atención una gran avenida arbolada con grandes
casas y palacios cercados a los lados. La profesora, que notó la curiosidad de la niña, le explicó
que se encontraban en el barrio de Las Cañadas uno de los más ricos y lujosos de la cuidad. Allí
habían vivido algunos de los personajes más célebres de la Portalegre, desde el fundador de
los primeros astilleros hasta ilustres personajes de la nobleza del país. Aquí también vivía
desde hace unos meses, el señor Diez de Aberritain impulsor del plan estratégico gracias al
cual Almansa era hoy un lugar limpio, luminoso y lleno de modernos comercios, y no el sucio
nido de ratas que habías sido hasta hace poco tiempo; un lugar repleto de burdos pescadores
que iban de taberna en taberna, de gatos y de mujeres que se contaban chismes a gritos de
ventana a ventana.
Al oír el comentario de la profesora Saida, molesta, bajó la cabeza y miró fijamente la moneda
que tenía entre las manos. Le vino a la cabeza ese dicho que tanto les gustaba repetir desde
siempre a los almanseños; “son las dos caras de la misma moneda”. Se imaginó que
Portoalegre era la moneda que tenía en su mano. Visualizó en una de sus caras la Avenida
arbolada de Las Cañadas. Por ella paseaba el Concejal de Cultura y Turismo acompañado por
los proveedores de las bebidas artificiales que consumían los turistas y un grupo de extranjeros
que negociaba la compra de un viejo local en la zona portuaria. En la otra cara se veían las
calles que daban al puerto de Almansa abarrotadas de turistas, terrazas y tiendas “
Souvenir”,
Se veía también a los antiguos pescadores que, reconvertidos en tenderos, pasaban las horas
atendiendo a desconocidos para poder pagar su creciente endeudamiento. Definitivamente
Almansa era la peor de las caras.
Pero, de pronto, algo le hizo sonreír. Le vino a la cabeza el bar de su papá; ese rinconcito de la
zona alta donde los vecinos de Almansa acuden a pasar sus ratos libres, ese lugar donde
todavía hoy se puede charlar en corro rodeado de amigos, ese sitio donde el barrio sigue
siendo lo que algún día fue.

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